1. El Congreso de VienaLuego de la primera abdicación de Napoleón, los países vencedores –Gran Bretaña, Austria, Prusia y Rusia- procuraron borrar de Europa la experiencia de la Revolución Francesa. Por ello en 1814 se reunieron en Viena los representantes de los Estados europeos con el fin de establecer un nuevo orden político.
El Congreso se guió de dos principios:
· Principio de legitimidad: se manifestó en la reposición en sus tronos de todos los monarcas depuestos por la Revolución y Napoleón.
· Principio de equilibrio: se concretó en un reparto proporcional de territorios entre las potencias vencedoras.
Presidió el Congreso de Viena el canciller austriaco Klemens von Metternich, y asistieron Francisco I por Austria, Federico Guillermo III por Prusia, Alejandro I por Rusia, Lord Castlereagh por Gran Bretaña, y Talleyrand por Francia. El ministro francés, gracias a su habilidad, consiguió varios éxitos para Francia pese a su derrota.
El resultado fue un nuevo mapa del continente europeo, con el que se pretendía asegurar la paz y la estabilidad. Francia retrocedió a sus fronteras de 1789, y se crearon pequeños Estados para impedir cualquier tipo de expansión francesa. Gran Bretaña, que mantenía su poderío naval, se convirtió en la gran potencia. Tras la derrota definitiva de Napoleón en Waterloo, los acuerdos del Congreso se hicieron efectivos.
2. El regreso del absolutismo Los monarcas a quienes el Congreso de Viena devolvió sus tronos, abolieron las Constituciones que habían promulgado los revolucionarios y volvieron a implantar el absolutismo político. Es decir, sustituyeron el sistema de gobierno basado en la soberanía nacional y de la división de poderes por el sistema anterior, que se fundamentaba en el derecho divino de los reyes. A lo sumo, algunos monarcas –como Luis XVIII en Francia- promulgaron Cartas Otorgadas que reconocían algunos derechos individuales y establecían cámaras representativas, pero como una concesión del rey y no como reconocimiento de un derecho de la sociedad.
El orden político absolutista de la época se llamó “Sistema Metternich”, nombre dado en honor del canciller austriaco que fue su máximo impulsor y defensor.
Luego de concluido el Congreso de Viena, las grandes potencias absolutistas, Rusia, Austria y Prusia firmaron en 1815 el Tratado de la Santa Alianza, a la que se unieron posteriormente Francia y España. El acuerdo, pretendía mantener el statu quo establecido en el Congreso e impedir, cualquier intento revolucionario. La Santa Alianza nunca jugó un papel político importante.
Años más tarde, en 1818, Gran Bretaña, Austria, Rusia y Prusia conformaron la Cuádruple Alianza, a la que luego se unió Francia, con la finalidad de evitar nuevos movimientos revolucionarios o bonapartistas en ese país.
Sin embargo, las fisuras en el orden restaurado no tardaron en manifestarse: en 1820 estallaron en Italia y España movimientos liberales. Para hacerles frente, Metternich propuso el establecimiento del principio de intervención, que daba el derecho a las grandes potencias de enviar tropas con la finalidad de restablecer a los monarcas legítimos en sus tronos. Aunque Gran Bretaña rechazó este principio, las potencias restantes actuaron militarmente en donde fuese necesario. Un ejemplo fue su intervención en España en 1823 para poner fin al régimen liberal de 1820.
La restauración del absolutismo era una tarea imposible, pues suponía una política opresiva para la mayoría de la población, ya que se planteaba en un contexto en el que los avances de la Revolución Industrial modificaban profundamente las condiciones de vida de las clases populares, y daban origen a las burguesías y clases medias, que luchaban por participar con plenos derechos en la vida pública.
3. Las nuevas clases socialesDurante la Revolución Francesa fueron suprimidos los privilegios que gozaban la aristocracia y el clero, y surgió una nueva sociedad en la que todos los hombres eran iguales ante la ley. Tendrían la posibilidad de ocupar puestos públicos –según sus méritos-, y contribuirían a los gastos del Estado en proporción a su riqueza.
Sin embargo, la sociedad europea en la práctica continuó siendo profundamente desigual y llena de barreras, dado que las riquezas no estaban repartidas de forma homogénea. Sin riquezas, la educación se convirtió en la vía más importante de promoción social, aunque debía sortear muchas dificultades. Tres clases sociales fueron los grupos básicos en la nueva sociedad:
· La clase alta estaba compuesta inicialmente por la unión de la antigua aristocracia –que había perdido sus privilegios legales, pero no sus propiedades- y los individuos de la alta burguesía, enriquecidos por las actividades industriales, comerciales y financieras.
· La clase media constituía un conjunto bastante heterogéneo, con personas de muy distinto poder económico y formación cultural: comerciantes, pequeños empresarios, empleados y profesionales. No obstante, compartían algunos valores como el afán por alcanzar la respetabilidad, el culto al trabajo, el ahorro y la sobriedad.
· La clase baja se caracterizó por su carencia de propiedad y por la necesidad de trabajar a cambio de un salario para poder subsistir. La mayoría eran obreros que trabajaban en las nuevas fábricas, pero también personas dedicadas al servicio doméstico, etc. Su vida transcurría, la mayoría de veces, al borde de la mera subsistencia.


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